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Mi experiencia como médico y como hijo, con mi padre, enfermo de Alzheimer

Mi experiencia como médico y como hijo, con mi padre, enfermo de Alzheimer

JOSEP MASFERRER,


MÉDICO, VALDEORRAS


Trabajo en el Servicio de Medicina Interna del Hospital Comarcal. Aunque no soy un experto en la enfermedad de Alzheimer, conozco lo suficiente esta enfermedad, ya que me ha tocado atender a muchos pacientes con complicaciones en la fase final. Por otro lado, tuve la desgracia de vivir de forma directa la evolución de mi propio padre con Alzheimer, que acabó muriendo de esta enfermedad. Aporto mi experiencia en ambos sentidos: como médico y como hijo.


En la vorágine asistencial diaria no es infrecuente tener que afrontar el dilema ético de la atención médica de pacientes con Alzheimer en fase terminal. Pacientes con demencia profunda, a veces de muchos años de evolución, encamados, anquilosados, escarados, con vida puramente vegetativa. Son traídos a Urgencias por agudizaciones de procesos médicos. Probablemente sus cuidadores, sus familiares, ya de por si angustiados por el deterioro crónico del enfermo, se ven sobrepasados ante un empeoramiento súbito de su estado y el enfermo es transferido al hospital -con conocimiento o no de su médico de cabecera- con el propósito, supuestamente loable, de mejorar su situación y su calidad de vida.


Y aquí puede surgir el dilema. ¿Hasta qué punto es moralmente aceptable iniciar maniobras terapéuticas más o menos complejas, más o menos agresivas –no hace falta llegar al encarnizamiento terapéutico- para retornar al paciente a su estado previo y prolongar así su calidad de vida?


Dada la ausencia en la mayoría de los casos de voluntades anticipadas, la decisión acostumbra (o al menos debería) consensuarse entre familia y personal sanitario. Disquisiciones de tipo religioso, ético o moral, sin obviar posibles implicaciones legales –no quiero pensar que económicas- suelen argüirse por una y otra parte a la hora de tomar una decisión. Pero en no pocas ocasiones, la decisión, consensuada o no, acaba siendo la de continuar con los cuidados médicos, a fin de prolongar una existencia cuyo sentido parece por lo menos discutible.


Como dije, mi padre padeció una enfermedad de Alzheimer. Como en todos los casos el proceso fue inexorable y en él bastante rápido: en aproximadamente 3 años pasó de ser relativamente autosuficiente, aunque con alteración de sus funciones superiores, a estar encamado, totalmente dependiente y con demencia profunda. No había voluntades anticipadas, pero su familia directa, es decir, mi madre, mi hermano y yo mismo, decidimos que lo mejor para él era no interferir en el proceso natural de enfermedad irreversible – complicaciones – muerte. Su médico de cabecera estuvo de acuerdo. Y cuando llegó el momento, cuando prácticamente era incapaz de tragar y se iba deshidratando, cuando empezaron los procesos febriles, intentamos únicamente evitar sufrimientos y la naturaleza siguió su curso inexorable. Mi padre murió con toda la dignidad posible, en su cama, y en ningún momento pisó el hospital.


Creo honestamente que hice lo que debía. Creo que es lo que él habría querido de haberlo podido manifestar. Y estoy satisfecho con mi actitud y la de mi familia. No es ésta la sensación que tengo en muchas ocasiones en mi labor asistencial. Demasiadas presiones, medias palabras, decisiones sin tomar, me obligan a actuar en muchos casos de forma distinta a como actué con mi propio padre. No estoy satisfecho, pues en estos casos, mi labor profesional choca con mis sentimientos ético-morales y casi siempre acaba prevaleciendo mi “obligación” como médico frente a mi “razón” como persona.


PUBLICADO EN EL BOLETÍN PROSAC, No 49

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