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Dificultades y esperanzas de una médico de familia

Dificultades y esperanzas de una médico de familia

Esther. Médico. Lleida


Soy médico de familia desde hace seis años. Estudié en Lleida. Conocí a un médico de familia que me enseñó, sin ser creyente, cómo ser mejor médico y más creyente. Sintonicé con él por los valores que cultivaba y transmitía: la dignidad de la persona, la acogida del otro, la cercanía, la humildad, el ir a fondo sin quedarse solo con la parte médica, viendo la persona que había detrás.


La medicina me ha ayudado a crecer. Soy bastante tímida en el trato con la gente y este trabajo me obliga a acercarme, a estar pendiente del otro, de lo que necesita. Soy más abierta gracias a la profesión que tengo. Entiendo mi trabajo como misión. Dios me llama a hacer lo que pueda por la persona que tengo delante, a llegar a los más pequeños y me acompaña en mi tarea de sanar, curar, aliviar y consolar.


En mi práctica diaria tengo que afrontar dificultades, riesgos y tentaciones como: pasar del paciente y olvidarme que es una persona; centrarme en el trabajo y olvidarme de los compañeros, que pueden estar tristes, agobiados o necesitar ayuda; despreocuparme del equipo, de las decisiones que hay que tomar, de las reuniones; quedarme en mi pequeño ecosistema; pretender que las cosas cambien sin ser partícipe del cambio; mirar solo lo que va mal y lo que ya no tenemos, la crisis, los políticos…y perder de vista cómo están los parados, maestros, autónomos, jubilados y lo que nos mueve en el trabajo.


En mi quehacer diario hay muchos motivos para esperar


De los pacientes. Cuando te paras a pensar te das cuenta de lo mucho que te aportan. Hay héroes anónimos: la chica que trabaja en tres sitios diferentes cada día, 16 ó 18 horas, sus dos hijos en el país de origen, y siempre viene a la consulta con una sonrisa; la abuela que hace de madre de dos nietos porque no tienen a nadie más, sin jubilarse para poder mantenerlos…. Para mí es signo de que Dios pasa por la vida de la gente.


De los compañeros. Hay muchos que no hacen ruido pero están ahí, se preocupan por los pacientes, echan horas, se desvelan, visitan fuera de horario... La sanidad pública funciona gracias a la buena voluntad de la gente que trabaja en ella.


De mis amigos, mi familia y mi grupo de revisión de vida. Ver que yo trabajo en mi línea, pero que cada uno trabaja allá donde está, hace lo que puede, a su manera y en su punto de influencia. Son sal de la tierra y luz del mundo…. Verlos, oír lo que viven y piensan, cómo se enfrentan ellos a los retos… me ayuda a poner los pies en el suelo y me da perspectiva. No estamos solos en nuestro trabajo, no somos francotiradores, somos comunidad y caminamos juntos.


Publicado en el Boletín PROSAC N. 50 (2012)

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