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Un sabio en el arte y oficio de diagnosticar, tratar y curar

Un sabio en el arte y oficio de diagnosticar, tratar y curarUn sabio en el arte y oficio de diagnosticar, tratar y curar Eduardo Zamora Madaira. Médico. Sevilla

El día 10 de julio pasado falleció el profesor D. Eduardo Zamora Madaria rodeado de los que fueron sus amores en la vida, su esposa Alejandra, su familia y los médicos, antiguos alumnos suyos que tuvieron el honor de asistirlo y acompañarlo en esa hora. Querido como un padre, respetado como profesor y pedagogo, médico maestro de médicos, discípulo fiel y siempre agradecido a quienes fueron sus profesores, hombre de fe coherente, ejemplo de virtudes cristianas y de valores humanos y profesionales, sus hábitos eran los recomendados por Sir William Osler a sus alumnos y médicos egresados para triunfar en la profesión: el trabajo diario, seguir un método y cultivar la minuciosidad, lo único que los podría salvar de la charlatanería.

Físico prudente, infatigable en el estudio y de muy alto rigor en la búsqueda de la verdad, el doctor Zamora estaba dotado de la preciada calidad de ser un agudo observador y manifestarlo junto al enfermo haciendo fácil el arte más difícil con total naturalidad. En su admirable quehacer clínico sus alumnos contemplábamos el poder de la “triple mirada” que según D Pedro Laín Entralgo solo posee el buen médico: la >acogedora a la que el enfermo entrega su confianza, la inquisitiva que, sin perder un detalle del cuerpo herido, penetra hasta el interior de su alma y la científica u objetivamente que analiza, interpreta y pone nombre a sus signos y síntomas, abriendo la puerta del diagnóstico; un arte este que para el maestro no tenía secretos porque solo los médicos que junto al enfermo mantienen abiertos, como D Eduardo, la mirada, la mente y el corazón, son capaces de alcanzar a percibirlo todo, lo que ve y lo que no ve el ojo clínico.

El cariño y la admiración de sus discípulos por el profesor Zamora ha sido general y reconocida desde sus primeras lecciones en la cátedra de D Manuel Díaz Rubio hasta su jubilación. Nunca olvidaremos a D Eduardo, lo admiramos en vida y siempre le estaremos agradecidos, los internos de la sala de Santa Catalina del Hospital de las Cinco Llagas, los investigadores y auxiliares del laboratorio hormonal de la cátedra del profesor Aznar, los antiguos alumnos, hoy algunos compañeros suyos, profesores de Córdoba, Badajoz, Cádiz y Sevilla y muy en especial los médicos que lo asistieron en su última enfermedad, los especialistas del hospital Virgen Macarena y la doctora de Cuidados Paliativos del Hospital Virgen del Rocío. ¡Qué mejor despedida para un profesor de medicina que la atención y el cuidado de la antigua alumna e interna suya, que lo acompañó hasta el final dando ejemplo de conocimiento, respeto y admiración!

Catedrático de Patología Médica, Académico Numerario de la Real Academia de Medicina de Sevilla, Jefe de Servicio de Medicina Interna, entre las aportaciones más relevantes del doctor Zamora en su triple quehacer clínico, docente e investigador destaca por encima de todas su aportación a la especialidad, el alto número de internistas a los que acreditó para la práctica de una medicina fundada en la visión total del enfermo, la pregunta como método y el alto rigor científico. Siempre tuvo a gala su calidad de internista y su visión de la especialidad que nunca dejó de defender ante cualquier intento de reduccionismos, principalmente durante su mandato como presidente de la Sociedad Andaluza de Medicina Interna. Siendo catedrático de Patología Médica D Antonio Aznar Reig, D Eduardo, tras una estancia en Suiza con los más reconocidos investigadores puso en marcha en Sevilla el primer laboratorio hormonal dedicado al estudio de la patología adrenal con técnicas ultrasensibles de cromatografía de gases. Sus investigaciones constituyeron un hito en la investigación endocrinológica en nuestro país y decisivas para la formación de futuros especialistas en la Escuela de Endocrinología. De su herencia en la Universidad hispalense nunca podré olvidar su iniciativa, con otros compañeros del Departamento, de impulsar los estudios de Bioética hasta entonces no incluidos en el currícula en la Facultad de Medicina y que hoy constituyen una asignatura del Grado con plena orientación clínica, así como su decisiva actuación para dotar de un sillón de Bioética, de los primeros de España con esta denominación, a la Real Academia.

En 1984, en la semblanza que, con motivo de su despedida como vicerrector de la Universidad de Cádiz, redactó JM Cuenca Toribio lo describía …“Onubense de nacimiento, sevillano de formación y deseo, D Eduardo fue el profesor quizás más admirado por sus alumnos en la Andalucía del último quindecenio. Sobrecogido por el vacío de su ausencia, increíble cuando todo - el enfermo, el hospital, el fonendo, el camino de mi calle a la suya, el Departamento de Medicina, el café a media mañana, la Academia…- me sigue hablando de él, el corazón me pide mudar las penas en palabras porque aquel sentimiento, manifestado entonces desde el afecto del amigo pero también desde la evidencia del compañero de universidad debe ser refirmado ahora, en el nombre de todos los que nos gloriamos de ser discípulos suyos, en su postrera y más dolorosa despedida.

Desde que lo conocí y lo vi trabajar con los enfermos lo escogí como maestro y a su ciencia y a su arte subordiné todo lo que a partir de entonces pudiera ya aprender. Ha sido para mí un padre y un amigo y en el cada vez más difícil arte y oficio de diagnosticar, tratar y curar, un sabio y decisivo consejero. Nunca pude ni jamás podré pagarle cuanto le debo aunque, y esto lo aprendí muy pronto de él, las deudas de gratitud, cuando la merced es gracia del corazón y la amistad, son a fondo perdido. Esto y otras muchas cosas de la medicina y de la vida que, en mi profesión, las metas que pude conquistar, lo poco o mucho que alcancé se lo debo a su ciencia y a su ejemplo y, por encima de todo, a la paciencia que tuvo conmigo, porque me dejó hacer sin apartarse de mí velando mis torpes pasos, porque me corrigió cuando debía hacerlo y me animó cuando más hundido estaba. Confió en mí mucho más que yo y supo ver un futuro que yo era incapaz de percibir. Por eso he llegado a donde estoy, porque siendo su alumno y su deber, jamás me señaló como una carga, disfrutaba con su oficio y fue el primero que, apretando sus brazos con los míos, me llamó emocionado, compañero. Experto en la decisión y en el consejo, humano y respetuoso con los enfermos, cálido en el trato, amable y dispuesto siempre a recibir a quien lo solicitaba, fue la vocación de su vida- medicina interna, medicina eterna- escuchar y transmitir a sus alumnos lo esencial y lo perdurable. Y fue porque Dios así lo quiso, maestro siempre. Ni la sombra de la enfermedad pudo eclipsar esa luz que solo la muerte consiguió apagar. D Eduardo, doy fe de ello, fue maestro hasta en el morir.

José María Rubio Rubio

Médico. Académico numerario de la Real e Ilustre Academia de Medicina de Sevilla

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