Martini, Carlo Maria, Creo en la vida eterna

Martini, Carlo Maria, Creo en la vida eterna

Martini, Carlo Maria, Creo en la vida eterna, San Pablo, Madrid 2012. Un libro sencillo y un estilo directo. Inspirador. Una bella lectura. Son estas algunas de las impresiones que han ido jalonando mi lectura de Creo en la vida eterna. Como tantas otras obras con la firma del recordado y querido Cardenal Martini, no se trata de una obra original, sino una recopilación de textos que han ido sembrando su hondo magisterio pastoral y han ido viendo la luz en las últimas décadas. Este carácter recopilatorio hace que en algún momento se perciba cierta reiteración de temas y argumentaciones, especialmente a partir del capítulo sexto. «Creo en la vida eterna», reza el último artículo del Símbolo de los Apóstoles. Apoyado en esta última línea de nuestro credo, el cardenal Martini nos ofrece en 10 capítulos una serie de reflexiones sobre aquellos temas que tienen que ver con el fin de nuestra existencia: muerte, juicio, resurrección… Son reflexiones de un maestro del espíritu que dejó hablar a la Palabra, en su vida, hasta el final: «lámpara es tu Palabra para mis pasos; luz en mi camino» (Sal 119,105) es el pasaje de la Escritura escogido por el sabio cardenal como epitafio para su tumba. A la luz de la Palabra, el cardenal toma como punto de partida de sus meditaciones el miedo a la muerte, esa realidad inexcusable e invencible que acompaña la existencia humana. ¿Qué significa vivir este abismo, este miedo? ¿A qué nos invita Jesús, que tomó nuestra condición humana en todo, incluida esta angustia ante la muerte? ¿Cómo superar este miedo puestos los ojos en Jesús y en María? El camino de superación del miedo a la muerte nos lleva toda la vida. Debemos reconocer nuestra fragilidad ante un misterio tan grande. Superar el miedo no depende de nuestros esfuerzos, sino que exige un cambio de perspectiva: fijos los ojos en Cristo, que murió, que tuvo que vencer la angustia de Getsemaní y que al tercer día resucitó de entre los muertos. La experiencia de fe nos invita a vivir desde la esperanza en el don de la resurrección; una esperanza que no consiste solo en mirar hacia el futuro, sino que ya está aconteciendo en el presente. En otras palabras, «nuestro centro de gravedad está en el cielo […] Regresando continuamente a nuestro lugar verdadero, que es estar con Jesús a la derecha del Padre, dominamos todas las potencias mundanas» (pp. 35-36), se ilumina nuestro camino, se superan nuestros miedos. En los distintos capítulos, el Cardenal Martini invita al lector a confrontar su vida con uno o varios pasajes de la Escritura. Así, por ejemplo, el pasaje del hijo pródigo nos ayuda a entender la afirmación de que «no se vive para la muerte, sino para la vida» (cap. 2): «Cuando nos sentimos solos, cuando nadie parece querernos más, y tenemos razones para despreciarnos o estar descontentos con nosotros mismos, cuando la perspectiva de la muerte o de una pérdida grave nos espanta y nos arroja a la depresión, entonces, de lo profundo del corazón resurge el presentimiento y la nostalgia de Otro que pueda acogernos y hacer que nos sintamos amados, más allá de todo y a pesar de todo» (p. 41). Es la Palabra, que se encarna en las distintas situaciones humanas, la que nos invita a vivir con los ojos puestos en quien es razón de nuestra esperanza: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68; p. 53). No es fácil aceptar a este Dios del Credo, porque al ser humano, por distintos motivos, le cuesta aceptar que Dios se ocupa de él. Esta esperanza en la resurrección de la carne, este vivir la propia historia en el horizonte de su destino último, nos impele a vivir en vigilancia, discerniendo qué es lo verdaderamente importante, que es lo último. En este camino nunca vamos solos: Dios mismo, al que reconocemos en la presencia del Resucitado, visita nuestras vidas con la consolación. ¿Cómo podemos reconocer esta consolación? Cuando la fe nos transporta del llanto a la exultación, de la confusión a la claridad, del miedo a la alegría. Es entonces cuando el cristiano, el visitado por Cristo, siente que su vida está bajo el signo del amor, que se presenta como consolación y alegría insobornables: «No hay nada más consolador que saber que nuestro cuerpo resucitará, que la muerte y la consiguiente separación de las personas que queremos no es la última palabra» (p. 107). Cierra el libro un último capítulo con 14 propuestas de textos para orar. La oración es el lenguaje más adecuado para introducirnos en las realidades últimas, dejando así que sea el Espíritu quien ilumine nuestra vida, llevándonos a las cosas de Dios: «Jesús, tú que has venido al mundo naciendo de la Virgen María, […] Tú que golpearás amigablemente a mi puerta también en el momento de la muerte […] Haz que podamos desear el día de tu regreso, cuando al final de la creación cederá el lugar a nuevos cielos y a una nueva tierra, y estaremos todos juntos en la infinita bienaventuranza de la Trinidad santa. Para siempre. Amén» (p. 149). Abel Toraño, SJ Tomado de la revista Sal Terrae, febrero 2013 Martini, Carlo Maria, Creo en la vida eterna, San Pablo, Madrid 2012.