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Soy y veo por otros.

Soy y veo por otros.

Tres cosas me han sostenido y han hecho que la noche oscura en todos los sentidos no haya sido un infierno. Me ha sustentado el hilo siempre frágil de la fe. Con mucho miedo a perderla, consciente de que es pura gracia inmerecida y no objeto de ninguna conquista ni de ningún empeño voluntarista. Dios me ha visitado en la adversidad. Sin experiencias religiosas extraordinarias, pero con el don de la serenidad y de la paz, incluso sin perder el humor. Esa ha sido la más excelente noticia. Tanto me turbaba la posibilidad de renegar de Dios si perdía la vista, que mi oración simplona (al final en los momentos difíciles siempre sale lo elemental y hasta infantil de quien se siente extremadamente vulnerable) era: «Señor, que vea»; y luego añadía a este mantra: «Señor, que vea y, si no, que al menos crea».

Me ha sustentado el cariño de la familia y de los amigos. Mi hermana a la cabeza, con su extremada delicadeza, poniendo gotas cada dos horas, incansable de día y de noche, sin un mohín cuando se iba a marchar justo de vacaciones y se le truncaban todos los planes soñados durante meses. También el cariño y el apoyo de los amigos, explicitado con la discreción y el respeto que reclama la enfermedad y sus diferentes momentos. Cuánto deberíamos aprender en el sentido literal del Papa: «el amor a veces debe callar» Y, por fin, me ha sostenido la Iglesia orante. Esa pléyade de personas, conocidas y aun desconocidas, que intercedían a Dios pidiendo la salud y el ánimo para el enfermo. Reconozco que ha debido ser tal la intensidad de ese cariño desplegado en plegaria hacia Dios que cuando yo estaba cansado, durmiéndome, o en algún momento enfadado con Dios, le decía: «No rezo más, no me da la gana; ahora me confío a la oración de los demás.» Y sentía como que le podía de algún modo dar a Dios en las narices porque otros lo estaban haciendo por mí y, desde luego, seguro absolutamente de que las narices de Dios lo aguantan todo y no pasan factura.

La tercera fuente de esa experiencia de serenidad y paz ha sido una sensación difusa de no tener grandes deudas que cancelar. Seguramente por la mediocridad de mi vida no he cometido grandísimos pecados, pero tampoco me han adornado grandes virtudes. Sea como fuere, ese no tener pendiente nada gravísimo ha sido otra fuente de paz. Todo lo demás pasó a segundo plano. Las preocupaciones de ayer se relativizaron, el tiempo se detuvo. No quería ver a nadie, nada me distraía, ni las noticias ni escuchar los telediarios, ni los relatos de batallas y aventuras que tanto me siguen gustando hoy. Me enganché a los audiolibros gratuitos por internet y me dediqué a escuchar a Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Mucho prestaba atención al relato de sus fatigas y enfermedades. A veces con harto enfado al ver cómo podían hablar de tanto sufrimiento con tanta sublime altura de miras. Lleno de envidia, concluí que habían escrito no cuando estaban hechos polvo por el dolor, sino a toro pasado que siempre se escribe mejor.

No sé qué pasará mañana. No está garantizado que no pueda volver a suceder la desgracia, incluso es posible que ocurra (lo escribo con miedo), pero haber visitado este infierno sin haber sido consumido por él, haber pasado unas semanas de oscuridad sin dejarme atrapar por sus sombras, forman parte del acervo de experiencias que hacen crecer… y confiar. Creo en Dios y en su providencia misteriosa y amorosa sobre mi vida, siempre descolocante y sorprendente, dispuesta a salir al encuentro en cualquier oportunidad por desconcertante que en apariencia fuera. Creo más en la humanidad. Creo en ese personal sanitario abnegado, cuidadoso, a veces maltratado por el sistema –¡y a veces por los pacientes!-, en su capacidad de trabajo. Y hasta he descubierto al Espíritu de Dios en los “R”, en esos jóvenes médicos residentes que se me antojan casi críos, permanentemente colgados del whatsapp, en muchas cosas tan distantes de mí y de mis creencias, pero que son los que me han permitido ver. Casi nada. Soy y veo por otros. En este caso, por otros muy otros. Ese es otro no pequeño milagro que me ha tocado experimentar.

Gracias a Dios y a los demás la noche oscura no ha sido un infierno. Espero saber reconvertirla en un tiempo de gracia duradero. La hermana muerte ha sido visitante muy temprana de mi infancia y me ha acompañado de muchos modos en lo mejor de mi juventud. Sé y espero que en la otra orilla me aguarde un abrazo enorme de ese Dios a quien, con tanto afecto como desenfado entrañable, he rebautizado como “Todocariñoso” . Sé que, desde Él y con él, seguiré queriendo a los que he amado tanto hasta el momento de la Vida Plena en que seamos todos todo para Él.

Nicolás Castejón. Enfermero diagnosticado desprendimiento de retina.

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